Este último tiempo he vivido una racha de mala suerte increíble.
A pesar de todos los conflictos, el stand by que sufrió mi vida personal por temas familiares y desesperanzas varias, puedo decir que en lo que más tuve mala pata fue en mi salud. No es que tenga cáncer o me haya dado alguna enfermedad loca de moda, pero pucha que tuve mala pata.
Me he esguinzado el tobillo de ambos pies como 5 veces en menos de 12 meses. De hecho, partí el 2015 con una lesión en el puto dedo gordo del pie que me tuvo 3 meses haciendo acuaeróbica con los abuelos del gimnasio. Después, mi tendinitis en la mano derecha volvió en gloria y majestad y estuve todo el otoño pidiendo que me abrieran todo lo que tuviera tapa. Mientras eso pasaba, la preocupación por mi rosácea iba en aumento, ya que el estrés que no se manifiesta anímicamente se manifiesta con dolencias físicas. Tuve que dejar de tomar te, café y hasta mate. Las sesiones de natación no sólo ayudaron con mi rendimiento, sino que me hicieron dejar de fumar y estuve casi todo el 2015 sin hacerlo. En el invierno, cuando por fin mi pie cobraba vida me esguincé el tobillo. Y luego el otro, en menos de 2 meses. La frustración se apoderó de mi y decidí mandar a la mierda la piscina. Lo bueno de todo este periodo es que mejoré notablemente mi resistencia física. En Agosto algo cambió, se definieron algunas cosas y decidí irme de viaje. Mi encuentro con la pachamama altiplánica me inspiró a volver a hacer deporte y a comer sano, sin mierda (porque me sentí como el hoyo a 4200 mt sobre el nivel del mar). Así que me fui en la volá alimentaria, empecé a comer mucho mejor y mi cuerpo lo agradeció: Eliminé el azúcar, incorporé frutas y verduras orgánicas a mi vida y dejé la toxicidad de nuestra época de lado (Bebidas, weás procesadas, etc). Esa weá como que me creó una necesidad inexplicablemente poderosa por hacer ejercicio. Volví al gimnasio y estuve así unos buenos meses, hasta Enero de este año hasta que me cagué la espalda: todo por la borda. Nunca pensé que dejar de hacer ejercicio me deprimiera al punto de extrañar hacerlo. Mi espalda sigue igual de mal, o quizás un poco mejor. Llevo un mes sin hacer ejercicio y quiero puro correr, saltar, doblarme: desafiar mi cuerpo y la gravedad.
Y no puedo, po.
Porque duele.
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