lunes, 29 de febrero de 2016

Maldita vida miserable.


7:30 AM Una hora antes para empezar.
8:40 AM Un vaso de café en la mano, un cigarro obligado. La espera empieza en el Starbucks mientras me maldigo.
8:00 AM Entro a la pega, saludo al guardia simulando buen ánimo. Subo a la cocina, me siento y apoyo mi cabeza sobre mis brazos, intentando dormir. La vieja del aseo me prende la luz. La odio aún más.
El café está amargo, pero mi pan pita sabe bien.
Mis compañeros empiezan a llegar y me siento más miserable aún.
No debería estar en otro lugar? En otra ciudad? No debería estar saboreando mi café en vez de tragármelo?
En ese momento Santiago no me parece para nada atractivo, al igual que yo.
Me siento encerrada, delimitada, finita.
¡Quiero mi cama! Lo infinito yace ahí y está esperando a que me atreva.

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